jueves, 13 de marzo de 2014

Reseñas y comentarios

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¡GRACIAS!

domingo, 9 de febrero de 2014

Disfruta aquí de los primeros capítulos...



Advertencia

Si no eres Aristóteles de Estagira, hijo del médico Nicómaco y nacido en la península de Kalkídika el primer año de la noventa y nueve Olimpiada, te ruego que no sigas leyendo esta carta y que destruyas totalmente su contenido, pues se evidencia que está muy lejos de aquél a quien va dirigida y ten por seguro que el dios Apolo, que vela por su destino, si es que ha sido descuidado en su protección no lo será en el castigo a todos aquellos que osen profanar sus secretos.
Lo escribe Lamprocles, hijo de Sócrates de Alopece y de Xantipa de Kolonos, en el año segundo de la ciento nueve Olimpiada.



Joven y sabio Aristóteles:

En estos cansados días, en los que ya hasta la vejez me parece vieja, me atrevo a molestarte poco antes de que te marches a Macedonia para ser tutor de Alejandro, el hijo de Filipo. Y digo molestarte porque lo que vas a leer cambiará tu vida y te traerá más desgracias que placeres, más desdichas que alegrías. Pero para morir lo tranquilo que no he vivido debo relajar mi alma dando libertad a una terrible historia y tengo la certeza, Aristóteles, de que eres el único hombre de la Hélade capaz de obtener algo bueno de todo lo malo que en ella se encierra.
Toda mi vida ha sido una lucha desesperada por olvidar aquellos hechos que acontecieron en Atenas justo cuando mi padre se me iba muriendo poco a poco. Y debo asegurarte que, aunque él cumplió voluntariamente con la condena impuesta por la Asamblea, el ciudadano Sócrates ya estaba muerto mientras permanecía en la prisión esperando el regreso del barco de Delos.
Al igual que sucediera con Arístides, Temístocles, Fidias y tantos otros magníficos hombres, mi padre también fue víctima de la cruel democracia ateniense, de nuestra forma de gobierno que, como era de esperar, murió como Cronos, después de haber devorado uno a unos a todos sus hijos.
Nadie mejor para contarte esta historia que Hermógenes, mi primer amigo, y quizás también mi primer -y único- amante. Él vivió todos aquellos acontecimientos como protagonista, siempre al lado de Sócrates, y fue uno de los que, como otros muchos discípulos, salvó su vida gracias al sacrificio del propio maestro.
No se habían celebrado cinco Olimpiadas desde mi nacimiento cuando murió mi padre y antes de que llegaran a ocho recibí por sorpresa este escrito que hoy te remito, en el que Hermógenes me contaba todo lo que había sucedido en Atenas en una época en la que coincidieron en la misma ciudad una brillante edad de oro, fascinante y monumental, y unos corazones tan negros como el oscuro mármol de las montañas de Megara.
 Llevo ya mucho tiempo -demasiado- manteniendo en secreto las palabras de Hermógenes, pues nacieron sólo para mí, y hasta hoy he cumplido fielmente su deseo de no difundirlas. Pero una vez que todos mis amigos han abandonado el mundo de los vivos y ya sólo yo quedo de los que sufrimos tan intensamente aquella desgraciada historia, los secretos pueden ser menos secretos y me duele la certeza de que, junto con la propia existencia, me llevaré también a la sepultura lo único de valor que he poseído en esta vida: los pocos recuerdos que en mí permanecen de mi padre.
Por ello te pido, Aristóteles, que leas estos papiros y que guardes sus palabras en tu memoria y en tu corazón. Vas a educar a Alejandro, el hijo de un hombre ambicioso que desea gobernar todas las tierras conocidas. Por eso creo que eres tú el más idóneo para recibir las enseñanzas que se puedan obtener de las palabras de Hermógenes. Yo no he sabido aprovecharlas y está claro que Platón, tu maestro, tampoco.
Para terminar, te traslado la misma petición que me hizo Hermógenes en su tiempo. Esta terrible historia sólo debe servirte de guía y de enseñanza, pero no debería ser conocida por nadie más que tú. Ni mi padre ni la desagradecida Atenas merecen que en los tiempos futuros se les recuerde de forma diferente a la que hoy, tantos años después, se sigue teniendo por real y verdadera.
El final de esta carta, una vez hayas leído el escrito de Hermógenes, no puede ser otro que la narración de los sorprendentes descubrimientos a los que me condujo la interpretación del verdadero oráculo de la Pitia, algo que sucedió mucho después de que mi padre tomara la cicuta y que me enseñó que, si los designios de los dioses pueden ser imprevisibles, más aún lo son las acciones humanas.
Ahora te dejo a solas con Hermógenes y su terrible historia, que te pido protejas con tu inteligencia y con tu silencio.



De Hermógenes de Atenas para Lamprocles de Alopece.
Segundo año de la noventa y ocho Olimpiada



Siempre querido Lamprocles:

Cuando recibas este escrito, si todo ha salido como estaba previsto, será el octavo o el noveno día del mes de Elafebolion, la época en la que el frío comienza a marcharse y regresan la vida a la tierra y las sonrisas a los rostros. Critón se habrá asegurado de que estos papiros, ocultos en ánforas de grano trasladadas en las bodegas de su propio barco, hayan llegado en buen estado al puerto de Cántaros en Pireo con la tranquilidad de que con el bullicio que reina esos días en los muelles, por ser fechas de Dionisias, su preciada mercancía haya pasado desapercibida entre tantas idas y venidas de extranjeros.
Perdona que por el momento, no te descubra el lugar desde donde te escribo ni por qué he desaparecido de tu vida durante casi cuatro Olimpiadas completas. Ni siquiera sé qué se volverá más intenso si tu dolor por haberte negado yo noticias mías o tu alegría al saber algo nuevo de mí después de tanto tiempo. Sólo te pido, por el amor que compartimos entonces y que yo nunca he olvidado, que leas detenidamente esta carta, ya que en ella aparecen detallados los auténticos motivos que provocaron la tan llorada muerte de tu padre. Una historia que, por ser tan distinta a la que se ha dado por cierta en la propia Atenas y que será la que hereden las futuras generaciones, es necesario que conozcas y que luego olvides, y no la vuelvas a referir nunca más. Tú mismo sabrás, a la vez que vayas leyendo, por qué te digo esto.
Tengo mucho que contarte y lo que aquí aparece te resultará muy extraño. Lo más lógico será empezar por aquellos momentos en los que, sin que nadie lo hubiera podido imaginar, se comenzó a fraguar la que sería la muerte del mejor hombre que haya recorrido nunca las calles de Atenas. En mis palabras aparecerá la auténtica razón del injusto juicio que tuvo que padecer y también toda la verdad -o al menos lo que yo, como espectador de excepción, he conocido de ella- acerca de los crímenes que alteraron a la ya de por sí inquieta vida ateniense y en los que tu padre se vio implicado por ser todos los muertos discípulos suyos.
Viví día a día junto a Sócrates aquellos acontecimientos que hoy te describo y espero que ahora comprendas por qué en aquél tiempo me fui alejando, poco a poco, de tu compañía. Mientras tú disfrutabas la adolescencia con los otros muchachos en la palestra y en los gimnasios, yo estaba inmerso en la mayor aventura que un hombre de nuestro tiempo pudo imaginar, en un corto pero intenso periplo que nos llevó, persiguiendo a unos asesinos, a descubrir que hay hombres semejantes a los dioses y dioses que se comportan igual que los simples mortales.


De cómo aparece muerto Examio y de lo cruel de su muerte.

Todo comenzó el primer año de la noventa y cinco Olimpiada, una mañana de la segunda década de Hecatombeon, el mes del calor y de las cosechas. Estoy seguro de que a pesar del mucho tiempo que ha pasado no lo habrás podido olvidar ya que los acontecimientos de ese día alteraron la vida normal de la siempre agitada Atenas.
Yo me encontraba en tu casa esperando a tu padre para dirigirnos al gimnasio, uno de sus lugares preferidos para conversar y para mantener alguna de sus temidas polémicas. Recuerdo que mientras él no aparecía, yo intentaba enseñarte la relación que mantienen los sonidos de la lira con los números, tal y como defienden los discípulos de Pitágoras. De repente Critón entró en el patio, sobresaltado y con tal expresión de terror en el rostro que sólo podía darnos a entender que algo muy grave había sucedido.
-¡Han matado a uno de los muchachos! ¡Han matado a uno de los muchachos!
 Gritaba sin parar y por momentos su nerviosismo iba en aumento. Tuvimos que esperar a que se calmara y entre jadeos nos comentó que acababan de descubrir el cuerpo de uno de los discípulos de tu padre cruelmente mutilado y depositado, como si de una ofrenda se tratara, sobre el Altar de los Doce Dioses.
-Es algo terrible lo que cuentas, Critón. Pero dime, ¿a cuál de nuestros amigos le ha llegado tanta desgracia? -le preguntó Sócrates.
-Ha sido a Examio, maestro, aquél joven milesio que llegó a Atenas hace apenas un año seducido por la idea de conocerte y oír tus enseñanzas -respondió entre lágrimas y gemidos. A pesar de su gran altura y fortaleza, Critón nunca podía ocultar al hombre sensible e infantil que habitaba en su interior.
-¡Vayamos inmediatamente! -nos animó Sócrates, a la par que salía de la casa sin despedirse de nadie y obligándonos a todos a correr para alcanzarle. Nadie podía dudar en Atenas que para tu padre sus jóvenes discípulos eran tanto o más importantes que sus propios hijos -tú mismo has sufrido desde niño esta discriminación, ¿verdad, Lamprocles?- y la simple idea de que uno de ellos hubiera sido maltratado le estremecía el alma.
Cuando llegamos a los alrededores del Altar de los Doce Dioses, la gran multitud que allí se agolpaba no nos dejó observar nada de lo que había sucedido en su interior a pesar de que los muros que lo rodean no son muy elevados. Pero tu padre se fue abriendo camino entre la muchedumbre y todos le dejaban pasar sin ponerle impedimentos, por el respeto que entonces le tenían y porque sabían que era amigo del muerto. Nosotros entramos tras él y una vez en el interior del recinto, el espectáculo que apareció ante nosotros fue horripilante: el cuerpo de Examio yacía degollado sobre el altar, como si formara parte de un cruel sacrificio a los dioses, y una gran cantidad de sangre rebosaba desde aquel lugar sagrado inundando todo el suelo a su alrededor.
Para cualquier ateniense de aquellos tiempos no era nada extraño contemplar escenas sangrientas, cuerpos despedazados y hombres agonizantes suplicando la muerte como clemencia. Pero todo ello sucedía en el campo de batalla, en cualquiera de las continuas guerras a las que nos enfrentábamos con las ciudades vecinas. Pero ahora era muy distinto. La muerte se presentaba violentamente en el ágora de la ciudad y en un edificio sagrado dedicado a nuestros principales dioses, que tiene además el privilegio de ser el origen de todos los caminos de Atenas y desde el que se determinan las distancias con el resto de las ciudades del Ática. Y los mudos y sobrecogidos testigos que allí estaban no eran hoplitas ni arqueros ni generales, sino mujeres de los puestos del mercado, esclavos, niños y ancianos.
Sócrates avanzó decidido entre el murmullo creciente de los que poco a poco habían ido colándose dentro de los bajos muros que rodean el Altar y observó atentamente el cadáver de Examio. Los pies de tu padre, que siempre llevaba descalzos, se tiñeron de rojo cubiertos por la sangre que iba invadiendo toda la estancia.
Llegaron algunos miembros del Tribunal del Areópago y ordenaron que se retirara inmediatamente el cuerpo ya que su presencia allí suponía una grave ofensa a los dioses a los que estaba consagrado. Para aquellos jueces lo más importante en aquél momento era reparar aquella profanación mediante ritos purificadores y ofrendas. Más tarde vendría la investigación sobre las causas de tan horripilante muerte.
Examio era meteco pues era un hombre libre pero extranjero. Esta circunstancia le privaba de cuantos derechos pudieran tener los ciudadanos nacidos en Atenas, incluida una investigación justa de su asesinato. Desde hacía varios años, la importancia que tenía el Tribunal del Areópago en lo relativo a la justicia de la ciudad había ido disminuyendo paulatinamente y ya sólo se dedicaba a investigar los delitos violentos que derivaban en muerte. Pero sus investigaciones y juicios se limitaban sólo a los atenienses. Los metecos, si eran ricos y ostentaban algún tipo de influencia en la ciudad, acudían al Arconte Polemarco, pero no podían ejercitar su defensa sino a través de un ciudadano que los representase.
Pero esta injusticia no preocupaba en absoluto a los gobernantes de la ciudad, excepto cuando un esclavo o un extranjero cometían algún delito. En ese caso era difícil que tuviera un juicio justo y fueron muchas las veces en las que vi condenar a hombres sin que el tribunal hubiera probado su culpabilidad, tan sólo por darse en ellos la circunstancia de no haber nacido ciudadano ateniense. En el caso de Examio, estaba claro que su asesinato quedaría olvidado para todos, incluidos los jueces, en muy pocos días.
Sabiendo que nadie iba a ocuparse de su cadáver si no lo hacíamos nosotros mismos, desplazamos con esfuerzo y dolor el cuerpo hacia el pórtico del Rey, justo enfrente del Altar de los Doce Dioses. Allí lo lavamos y lo envolvimos en unas viejas telas que nos ofreció uno de los mercaderes que estaba abriendo su negocio en aquél momento. No intentamos trasladar el cadáver hasta su casa para velarlo pues el malogrado joven vivía en una estrecha cabaña de alquiler que debía compartir con cualquiera que ofreciera unas monedas a su propietario. Para evitar cualquier desagradable incidente con los otros inquilinos, decidimos enterrarle lo antes posible en algún lugar fuera de las murallas más allá de Cerámico, el barrio de los alfareros, y alejado por lo tanto de la zona más noble de inhumaciones.
Pero antes de que iniciáramos el camino hacia las afueras de la ciudad, atravesando Atenas justo por donde se aleja el río Eridanos a través de las Puertas Dipylon de las murallas, Sócrates quiso examinar detenidamente el cuerpo de Examio. Lo liberó de las telas que lo cubrían y se inclinó sobre él.
-No es justo que un cuerpo tan bello haya sido maltratado de esta manera -dijo pausadamente-. ¡Y pensar que en todo un año ni me he percatado de la presencia de este joven pues no intervenía en nuestros debates y sólo se dedicaba a escucharnos! En cambio hoy, sin pretenderlo, se ha convertido en el protagonista de nuestra vida y de nuestros llantos, y de la manera más cruel posible.
-¡No podemos permitir que este crimen quede sin resolver ni que los asesinos vivan tranquilos como si nada hubiera pasado! -gritó desesperado Euclides, el megariense, que al ser también meteco sabía muy bien lo que era sentirse desprotegido por la justicia de Atenas-. ¡Estamos obligados a buscar al culpable!
-Estoy de acuerdo contigo, Euclides -afirmó Platón y continuó después hablando directamente a Sócrates- ¿Quién mejor que tú, nuestro maestro, para que, usando tu conocida inteligencia y tu capacidad de observación, nos traiga la luz que ilumine nuestro desconocimiento y haga desaparecer nuestro dolor?
Aristocles, al que todos menos tu padre siempre hemos llamado Platón debido a sus anchas espaldas, me persiguió con la mirada, suplicándome complicidad en la petición que acababa de hacer, pero yo rehuí realizar algún comentario. Sabía perfectamente que Sócrates no era persona que se dejara influir por los consejos de los demás y por supuesto estaba seguro de que él ya habría tomado alguna decisión sobre aquél terrible asunto antes incluso de que su discípulo preferido se hubiera atrevido a proponérselo.
Todo el grupo se mostró de acuerdo con la idea de Platón, pero Sócrates se apresuró a comunicarnos su negativa a participar en aquella aventura.
-Está claro que exageráis mi valía y mis capacidades. Y me apena mucho comprobar cómo, a pesar del tiempo que lleváis conmigo, no habéis comprendido todavía que, cuando planteo mis preguntas en el ágora, lo único que pretendo es conseguir lo mismo que lograba mi madre, la partera Fenarete, cuando atendía los nacimientos: ayudar a parir. Ella traía niños al mundo y yo, como digno hijo suyo, intento ayudar a mis convecinos a parir los conocimientos que todos llevamos en nuestro interior, aun sin ser conscientes de ello, y esto sólo se consigue si nuestro discurso nace de la aceptación de nuestro propio desconocimiento. No creo, pues, que alguien como yo, cuya única aspiración es descubrir y proclamar su gran ignorancia, sea el más apropiado para dirigir la investigación de un crimen. Enterremos pues a Examio y pidamos por él a los dioses ya que ha sido designio de ellos el que terminase de tan triste manera su existencia.


Del entierro de Examio y del inicio de nuestras investigaciones.

Justo en el momento en el que Sócrates acababa de pronunciar su corta pero contundente respuesta llegaron varios de los esclavos de Critón, que se acercaron al pórtico del Rey con un carro tirado por mulas y lo suficientemente amplio como para transportar el cuerpo de Examio.
Platón y los demás discípulos no disimularon la decepción que les produjo la negativa de Sócrates a investigar el asunto pues además sabían que una vez que el maestro había tomado una decisión, nada ni nadie conseguirían que volviera a replantearse su actitud. Con resignación, cargamos el cadáver en el carro y nos dirigimos hacia la zona exterior del barrio de Cerámico en busca de un lugar tranquilo donde poder enterrar a nuestro amigo de la forma más digna posible.
Una vez excavamos la tumba, tu padre entreabrió, no sin dificultad, la boca al discípulo muerto y depositó en ella un óbolo para Carón, moneda que tuve que proporcionarle yo pues de sobra sabes que él nunca llevaba dinero consigo. A continuación nos ofreció un breve discurso en el que disertó sobre lo inesperado de la muerte y la fugacidad de la vida.
Todos los que allí estábamos, excepto Lisímaco, que decidió quedarse algo más de tiempo junto a la tumba de su amigo, nos dirigimos a una de las tabernas del ágora en un intento de mantenernos unidos y beber algo de vino en recuerdo de Examio.
Entonces fue cuando recordé un hecho que me había llamado la atención cuando trasladamos el cuerpo y que posteriormente, en medio de tanto dolor y excitación, se me había llegado a olvidar: al cadáver de Examio le faltaba una sandalia. Pero en aquél momento no le di más importancia al asunto ya que a causa de lo violento de su muerte era normal que la hubiera perdido, e incluso podía haberse caído en el ajetreado viaje en carro hacia las afueras de la ciudad.
Ya en la taberna nos dedicamos a beber grandes cantidades de vino barato, muy poco aguado, y a comentar, en una triste conversación que no era sino una extraña combinación de muchos monólogos simultáneos, los escasos recuerdos que teníamos de Examio y lo tímido que este siempre se había mostrado con nosotros. De repente, Sócrates se levantó y dijo:
-Hermógenes y yo debemos marcharnos ya que esta mañana dejamos un asunto a medio terminar y debemos acudir a él con premura.
Estas palabras causaron sorpresa y desolación en el grupo porque para todos no eran sino la demostración de que desde aquél momento, Sócrates había empezado a olvidar todo lo que había acontecido con Examio y quedaba claro que la negativa a investigar su muerte no era más que una total falta de interés por su discípulo. Por un momento percibí en nuestros amigos un sentimiento de duda, una falta de seguridad en si realmente tu padre era un hombre extraordinario y digno de admiración, como ellos así lo consideraban, o si en realidad no era nada más que un individuo corriente con cierta facilidad para el razonamiento y el discurso, justo como lo definían sus enemigos.
La decepción y la extrañeza que la actitud de Sócrates provocó entre los jóvenes no eran nada comparadas con mi propia sorpresa puesto que ni yo tenía ningún asunto pendiente con él ni deseaba separarme del grupo en aquellos momentos tan difíciles.
No obstante, actué como si todo fuera cierto y seguí sus pasos por el Camino de las Panateneas. En un puesto del mercado él aceptó una manzana que le ofreció una dependienta y no acerté a comprender cómo, aunque ya habíamos pasado de sobra el mediodía y el momento de la comida, tu padre aún podía tener apetito después de haber vivido los trágicos acontecimientos de aquella mañana.
Tras una agotadora subida, ya que las nubes no quisieron molestar con su reconfortante presencia al ardiente sol de aquél terrible mes de Hecatombeon, atravesamos los Propileos de entrada a la Acrópolis y Sócrates se dirigió hacia el pórtico de Ártemis y, acercándose a uno de sus muros que yo conocía muy bien,  me dijo:
-¿Recuerdas, Hermógenes, cuando acepté la propuesta de Pericles de esculpir este relieve de las tres Cárites justo aquí, en la Acrópolis? Todo el mundo pensó que nuestro gobernante había perdido la razón pues dudaban de que de un padre que no había pasado de ser un simple cantero pudiera esperarse un hijo escultor. ¡En verdad que fue aquella la primera vez que conseguí una opinión unánime sobre mí! -dijo entre risas, y la expresión de su cara me anunció que en aquél instante su mente había retrocedido muchos años atrás.
No erraba tu padre en sus recuerdos, Lamprocles, pues no fueron pocos los que criticaron aquél encargo y acusaron a Sócrates de haberse aprovechado de su amistad con Pericles para conseguirlo pues fue precisamente en vuestra propia casa donde nuestro entonces gobernante se enamoró de una hermosa y desconocida hetaira llamada Aspasia de Mileto.
Lamentablemente, el tiempo y la envidia no han ofrecido muchas oportunidades a los hombres para que pudieran emitir su opinión sobre el relieve ya que la misma noche en la que tu padre fue encarcelado tras su condena a muerte alguien destruyó a martillazos su efímera obra. Los atenienses de los próximos años no podrán conocer a Áglaya, la que despierta la inteligencia; Eufrósine, garante de la alegría; y Talía, la benefactora de las festividades. Las que pudieron haber sido las famosas tres Cárites de la Acrópolis fueron mancilladas por alguien que quiso borrar de Atenas cualquier indicio de que alguna vez había recorrido sus calles un ciudadano libre llamado Sócrates.
Mientras contemplaba junto a tu padre el relieve comprendí que su extraño comportamiento y su precipitación al alejarnos de los jóvenes no eran sino un pretexto para ocultar algo más profundo que le estaba preocupando. No sé qué fue lo que me hizo suponer que estaba a punto de hacerme partícipe de sus sentimientos, pero no me equivoqué. Gracias a una sutil argucia me había ido conduciendo hacia una de las zonas más solitarias de la bulliciosa Atenas pues a aquella hora de la tarde, y sin sacrificios ni fiestas programadas, pocas personas se acercaban a la meseta que alberga el centro religioso de nuestra ciudad.
-Pues claro que recuerdo aquél ofrecimiento que te hizo Pericles -continué con la conversación que él mismo había iniciado sobre el encargo de las tres Cárites- y tengo bien presente cómo te esforzaste en demostrar que podías ser un buen escultor y nunca olvidaré tu insistencia cada vez que me repetías que el trabajo de esculpir era, simplemente, liberar las figuras que estaban encerradas en el interior de la piedra eliminando el material sobrante que las ocultaba a nuestros sentidos.
-Igual que hay que hacer con las almas.
-Igual.
Callé por un momento recordando aquellos años de juventud, cuando ambos tuvimos la oportunidad de vivir en la época más gloriosa de nuestra ciudad y los atenienses nos sentíamos el centro del mundo conocido. ¡Qué distante esa concepción de la actual, querido Lamprocles! Las continuas guerras y las numerosas derrotas sufridas no han hecho sino conducirnos a una triste realidad: ni Atenas es la mejor ciudad posible ni nuestra democracia es el mejor sistema para gobernarla.
Abandonamos el recinto de Ártemis y Sócrates decidió que nos sentáramos a la sombra de la gran estatua de Atenea Promacos.  Presentí que ya faltaba menos para conocer lo que estaba tramando mi viejo amigo.
Tu padre rebuscó entre los pliegues de su ropa, más sucia aún si cabe que un día normal debido a las oscuras manchas que la sangre de Examio y la húmeda tierra de Cerámico habían depositado sobre su ajado quitón. Lentamente sacó del interior de la manga izquierda un pequeño objeto y un fino cordón de lino.
-¡Menos mal que no se me ha caído con tanto alboroto! Habría sido una verdadera lástima.
Frotó el pequeño objeto -cabía perfectamente en su puño cerrado- sobre la ropa con la intención de limpiarlo pues estaba cubierto de sangre reseca. Cuando terminó sus tareas de limpieza, Sócrates lo alzó a la altura de sus ojos, y exclamó:
-¡Un delfín!
Yo entonces -al igual que durante todo el transcurso de esta historia, ya te irás dando cuenta- no me enteraba de nada y en lugar de encontrar algunas respuestas, que era lo que ansiosamente anhelaba, lo que iba aumentando por momentos era mi perplejidad.
Tu padre lo advirtió y para aliviar mi extrañeza, me relató cómo, al entrar en el Altar de los Doce Dioses y sin que nadie más se hubiera percatado de ello, había encontrado aquél colgante junto al cuerpo de Examio, así como la habilidad con la que lo ocultó entre sus ropas con la intención de entregárselo más tarde a alguno de los amigos del fallecido.
Sócrates me lo ofreció y entonces tuve entre mis manos un pequeño delfín azul y blanco parecido a otros muchos objetos de cerámica que los jóvenes se regalan y cuelgan de su cuello, cerca del corazón,  cuando están enamorados.
No le di más importancia al hallazgo y simplemente supuse que tu padre había salvado del saqueo un objeto que tendría un gran valor sentimental para alguno de los amigos más íntimos de Examio, quizás Lisímaco.
Pero él no pensaba de la misma manera. Acarició la pequeña figurita y la frotó como si quisiera sacarle el brillo que nunca había tenido. Sus dedos rozaron una mínima muesca en el lomo del animal y al presionarla quedó al descubierto un pequeño compartimento destinado a albergar una pequeña joya o algún recuerdo de un ser amado.
Sin importarle invadir la vida privada de su discípulo, Sócrates extrajo de la tripa del delfín de barro un minúsculo trozo de papiro plegado. Lo abrió y se quedó sin habla, con la mirada fija en tan pequeño objeto, pero a la vez distante y alejada de todo lo que nos rodeaba.
Me lo ofreció para que yo también lo examinara y pude ver, escrita con una tinta tan roja como la sangre, una frase. Tan sólo una breve frase, idéntica a otras muchas de las expresiones propias de los adolescentes enamorados.
Alguien había escrito: “No desees lo imposible”.
Sócrates devolvió el papiro a su lugar en el colgante, lo guardó nuevamente entre sus ropas y, como si me estuviera confiando un secreto, dijo:
-Estoy seguro de que aquel que entregó este obsequio a Examio sabe más de su muerte que nosotros. No menciones nada de esto a los muchachos. No quisiera preocuparles ni ponerles en peligro. Mejor, no se lo cuentes a nadie.
Al escucharle me di cuenta de que, al contrario de lo que dijo en el pórtico del Rey, Sócrates estaba decidido a investigar la muerte de Examio. Y también estaba claro que prefería mantenerlo en secreto y que desde aquél momento, por decisión suya, yo también formaría parte de aquella inquietante aventura.

martes, 31 de diciembre de 2013

Como adquirir "LA CONJURA DE ATENAS"

Ante las numerosas peticiones de ejemplares del thriller histórico "La Conjura de Atenas", os recordamos las diferentes formas de adquirir un ejemplar:
- En Puerto Real, en las librerias "Pérgamo" y "El Aprendiz".
- En cualquier otra librería, del lugar donde vivas, en unos días lo tendrás en casa.
- Por email a umsaloua@gmail.com, lo recibirás en casa sin gastos de envío.

Como escribir "La Conjura de Atenas" y no morir en el intento.

Charla ofrecida en la librería Pérgamo, de Puerto Real (Cádiz), el pasado 27 de diciembre.










La coletilla “Y no morir en el intento” que adorna el enunciado de este coloquio puede parecer que se refiera a la larga lista de señores que fallecen sin quererlo a lo largo de las páginas de “La Conjura de Atenas”. Y ahí llevo yo ventaja. Al contrario que los personajes de Niebla, de Unamuno, los malos de mi novela me han respetado y me han concedido una cierta autonomía a la hora de organizar y luego escribir sus vidas, aunque luego ellas y ellos hayan deambulado por las páginas y lugares en parte como les ha venido en gana. Y parte de esa autonomía se traduce en que el autor no ha muerto en el intento.

No ha sido La Conjura de Atenas una obra difícil de imaginar, aunque sí un poco más de escribir. Ahora os voy a contar cómo comenzó esta atípica tragedia griega, allá en el año 2009, cuando lo último que yo me imaginaba era estar esta noche aquí con ustedes.

Lo primera ocurrencia que yo tuve acerca de la novela fue que girase en torno a Sócrates, el filósofo más conocido y a la vez más desconocido de la antigüedad. De Sócrates sabemos poco y mucho, según nos creamos que los Diálogos de Platón se refieren directamente a él como persona o si, por el contrario, otorgamos todo el mérito de las teorías que en ellos aparecen al propio Platón, y entonces Sócrates nos queda como un mero personaje literario que quizás ni siquiera existió.

La Historia de la Filosofía más reciente se inclina por una solución intermedia: los primeros Diálogos de Platón recogen actitudes y frases propias de Sócrates, y a medida que el joven ateniense va madurando, y con su maestro ya fallecido, incluye en sus escritos sus propias ideas y pensamientos.

Y así es como aparecen ambos en La Conjura de Atenas: Sócrates es el pensador que nunca escribe sus pensamientos, pues cree que sólo tienen validez a través de la discusión, de la dialéctica, y Platón es el discípulo aventajado que, consciente de la trascendencia que pueden tener las ideas de su maestro, las va anotando precisamente en forma de diálogo, para que no pierdan la espontaneidad de una disputa cara a cara.

La Conjura de Atenas nació con la idea de ofrecer una versión fantástica de la muerte de Sócrates. Y no digo fantástica porque fuera magnífica, sino porque debía pertenecer al mundo de la fantasía. Yo quería ofrecer una justificación de la infame condena a muerte del filósofo pero ofreciendo unos argumentos atractivos y, podríamos llamarlos así, policíacos, pero que fueran completamente plausibles y no chirriaran con la versión oficial que todos conocemos.

Para eso jugaban a mi favor los pocos datos biográficos que de Sócrates nos han llegado: la obra de Platón, los Recuerdos de Jenofonte, algunos comentarios de Aristóteles y, los ya posteriores pero muy entrañables, apuntes de Diógenes Laercio.

Partía pues con ventaja: hay muchísimos años de la vida de Sócrates sin historiar, y lo poco que sabemos de él no está lo suficientemente contrastado científicamente. Mi única obligación era que lo que yo escribiera encajara perfectamente en ese puzle incompleto que es el personaje que conocemos por Sócrates.

Comenzaron a surgir entonces en mi mente cientos de motivos que hubieran podido llevar a nuestro protagonista a tomar la cicuta: un monstruo que acababa con las jovencitas atenienses y que en realidad era un aristócrata pervertido, un amante despechado y vengativo… lo único que me faltó fue imaginar una nave extraterrestre abduciendo a Sócrates y trayéndolo a nuestro siglo, como hiciera Buñuel con Simón del Desierto.

No recuerdo exactamente en qué momento surgió la idea de ese objeto mágico que muchos ansían para poseer el poder sobre todos los hombres. Y no lo recuerdo porque momentos así no nos pertenecen, al menos a nivel consciente. Habría que someterme a una sesión de psicoanálisis para descubrir el motivo de su elección.

Como quería que mi novela no se limitara a ser una novela histórica al uso, es decir, una dramatización exacta de hechos contrastados, me venía muy bien usar una trama policíaca, de género negro, que se desarrollara en la Atenas de fines de siglo V antes de nuestra era. Tenía como precedentes, por citar tan sólo dos obras, ambientadas en diferentes épocas y lugares, “El Lector de Cadáveres”, de Antonio Garrido, o “El Nombre de la Rosa”, de Umberto Eco. Ficción y Misterio inmersos en la Historia académica y oficial.

A partir de aquí el proyecto de novela se dividió en dos tramas principales: la histórica, que debía ser escrupulosamente rigurosa y fiel a lo que entendemos como real, y la ficticia e inventada, que no por ello debía ser menos exacta ni coincidente con la historia.
Este afán de rigurosidad me hizo lamentar el que no se me hubiera ocurrido escribir mi primera novela sobre mi infancia en la Plaza de los Descalzos de Puerto Real. Pues tenía ante mí una descomunal información que investigar, no en vano la Grecia clásica es una de las etapas históricas sobre las que mayor número de ensayos, trabajos de investigación y monografías se publican cada año en todo el mundo. Eso puede ser bueno y malo a la vez, pues hubo veces en las que me parecía que nunca acabaría con la documentación para la novela, pues siempre aparecía una nueva fuente a la que acudir para contrastar opiniones.

Mi ventaja fue partir de una base sólida: mi formación académica en Filosofía me proporcionaba los argumentos básicos para saber a qué autores acudir, y en muchas ocasiones mi investigación era simplemente releer obras ya estudiadas en la Facultad.

Para que la novela, a pesar de su trama policíaca, no fallara como novela histórica, elaboré una lista de elementos clave de la cultura griega que debían aparecer en ella. Sin saber ni remotamente hacia donde me conducirían las únicas premisas que yo disponía (Sócrates, Platón y un objeto mágico), dividí la novela en siete apartados, que luego se fundirían en uno, y cada una de ellos se refería a un mes diferente del calendario griego, y, quizás por defecto profesional, subrayé las fiestas que tenían lugar en cada uno de los meses, a los dioses a los que se les dedicaban, y ahí ubiqué los hechos históricos más relevantes del último año de vida de Sócrates. Porque otra cosa que también estuvo clara desde el principio fue que la novela no abarcaría toda la vida del filósofo, sino que me ceñiría a sus últimos meses, y muy brevemente al juicio y a la ejecución de la condena.

El reto era describir, en esos pocos meses, lugares tan emblemáticos como el Oráculo de Delfos, los Misterios de Eleusis, el Diolkos de Corinto o los mismos secretos ocultos en la Acrópolis. Igualmente debían aparecer elementos ineludibles como la mayéutica socrática, las maneras de los sofistas, las primeras ideas de Platón, la Tiranía y la Democracia ateniense…

Junto a todo ello, deseaba recrear un banquete de la época, los diferentes tipos de enterramientos, la distribución del ágora y sus edificios más destacados, los medios de transporte, las medidas del tiempo y los espacios, las frecuentes guerras con las ciudades vecinas, las fiestas que marcaban el ritmo del calendario…

Todo esto es respecto a la base histórica. Ahora faltaba la trama policíaca, la aventura de ficción que fuera la salsa de la ensalada griega que hacía falta aliñar. Y aquí es donde surge, de manera decisiva, la casualidad. La aventura fue surgiendo sola, la misma redacción y la investigación histórica facilitaba unos argumentos que iban surgiendo a la par que se escribía. Tanto es así, que ahora, que estoy justo en la etapa de documentación de un nuevo episodio de esta saga, quiero tenerlo todo tan atado que me resulta imposible, y no puedo explicarme cómo La Conjura de Atenas surgió tan sin quererlo yo, tan sin avisar.

Una vez que ya tenía claros los principales cimientos de la novela la siguiente duda que surge es: ¿Quién la narra? ¿El propio Sócrates? ¿Un personaje cercano a él? ¿El famoso y sabelotodo narrador omnisciente?
En mi caso, si tenía algo claro era que no quería saber nada de narradores enteraíllos, que conocen los sentimientos de cada personaje, incluso los más ocultos, y que es capaz hasta de decir: “El gato se molestó porque le faltaba su ración diaria de sardinas” Nunca me gustaron este tipo de narradores, ni en las más famosas novelas que lo emplean, y dudo que yo mismo lo utilice alguna vez.

Cuando alguien te cuenta una historia, en primera persona, te ofrece la riqueza de la ignorancia. El lector sólo conoce lo que conoce el narrador, la información con la que juega el escritor es la misma que posee el lector para averiguar los enigmas que se plantean. Es por ello que decidí que fuera Hermógenes, el amigo de Sócrates, quien nos contara a todos –incluido a mí- la novela, quedándonos ocultas a todos las investigaciones que Sócrates hace por su cuenta y que no comenta a nadie.

Este tipo de planteamiento discursivo trae consigo una complejidad, que podría afectar si no a la trama policíaca, sí a la base histórica. ¿Cómo puede un ateniense contar a otro ateniense cosas obvias para ambos, que nosotros mismos, en nuestras conversaciones normales, evitamos siempre? Es decir: yo como autor deseo que el lector se vea inmerso en la Atenas clásica, pero encuentro la dificultad de que la novela es una carta entre dos paisanos. En nuestra vida normal, yo nunca escribiría a Ramón diciéndole: “Mañana iré a tu librería, esa que está en la calle Amargura esquina con Cruz Verde, que tiene cuatro escaparates y su fachada es de piedra ostionera”. Evidentemente, no. Esta ha sido, pues, una de las mayores dificultades de La Conjura de Atenas, el crear un ambiente lo más auténtico posible sin entrar en detalles que se antojarían absurdos entre dos paisanos de la misma ciudad.
Y también ha sido mi salvación, por otra parte. Reconozco que no me gustan las novelas históricas que, al terminar de leerlas, nos permitirían optar a un diploma de arquitectura, esgrima o de pintura medieval. Bueno… sí me gustan esas novelas, pero creo que les sobran muchas páginas como relatos y les faltan otras muchas como libros técnicos.

Yo he procurado de vez en cuando quitar de en medio a Sócrates y Hermógenes de Atenas, para que puedan contar, y describir, realidades que el primer lector originario, Lamprocles, el hijo de Sócrates, no conociera, y en esos lugares sí he escrito más tranquilo: Delfos, Eleusis, Delos…

He disfrutado también inventando situaciones como el ritual de los Misterios de Eleusis, de los que se conoce muy poco y lo poco que se conoce aparece en la novela, aunque adornado de una escenografía tipo Dagoll Dagom o Els Comediants, que creo que no se aleja mucho de cómo debieron ser en realidad.

Los diálogos en los que interviene Sócrates se han realizado al modo de los de Platón, que además no era un método propio de él sino que fue una forma de narración habitual en los años en los que sitúa la novela. No era extraño, pues, que Hermógenes y otros discípulos de Sócrates también escribieran en ese estilo basado en preguntas y respuestas.

Comentaros también una serie de licencias que me he tomado a la hora de escribir la novela, pues hay veces en las que estaba tan harto de Conjura que era inevitable alguna salida de tono que me alegrara la tarde, con un poco de humor y unos guiños muy de nosotros: el “jozifazo” que Sócrates lanza a Platón por pesao es muy típico de nuestros bares más cachondos, al igual que los nombres de las tabernas: los puertorrealeños “El Delfín” o “La Ballena”, incluso la peña gaditana “La Estrella” tiene un hueco en la nomenclatura tabernaria ateniense. Igualmente los muelles de Gadeira aparecen dos veces en la novela, así como la famosa salazón de pescado, el que luego sería conocido como el garum romano.

Hay una frase de Platón, en la que se refiere a su nombre auténtico, no al apodo, cuando habla que su obra perdurará a través de los siglos, en las que dice: “Y todos conocerán al gran Aristocles de Atenas”. Y Sócrates le contradice: “Platón queda mejor”. Pues bien, esa frase está inspirada en un cuarteto de Carnaval, Tres Notas Musicales, cuando llaman al famoso Peña “Maestro Peñatoven” y él responde: “Dime mejor Peñita, que es más carnavalesco”.

Cuando se dice “estaba claro que Diodoro sabía utilizar magistralmente las palabras y los silencios”, estaba pensando en Jesús Quintero, el loco de la Colina.

Incluso una reflexión de Hermógenes, en la procesión de Eleusis, en la que espera que alguna vez los hombres dejen de suplicar favores rezando a una estatua de madera recoge de alguna manera otras ideas mías más personales acerca de los ritos, los mitos y la religiosidad.

Para terminar con estas anécdotas, me gustaría dejaros con un enigma: hay una frase encantadora, de una canción de los Beatles, que aparece tal cual en la novela. A ver si hay alguien que la encuentra, y nos lo comunica a todos. La pista es que la canción no es de Lennon y McCartney, sino de George Harrison.

En fin, creo que ya vale por hoy, y que hay muchas más sorpresas en La Conjura de Atenas que contar, pero creo que lo que ha quedado escrito, y publicado magníficamente por Los Libros de Umsaloua, es lo que realmente vale, y lo que espero que disfrutéis.

Una vez terminada mi charla, que no coloquio, y como si pareciera algo improvisado, os contaré una última anécdota, que tiene mucho que ver con el importante papel que os dije que la casualidad había jugado en la redacción de esta novela. Hay otras muchas más, y sorprendentes, pero si las abordáramos hoy algunos de secretos quedarían al descubierto. Mejor los tratamos aquí dentro de unas semanas, cuando todos hayáis terminado de leerla.

 Pues bien, los que habéis leído ya parte de la novela sabéis que un pequeño colgante azul con forma de delfín es muy importante en los primeros capítulos y luego en el desenlace final. Pues bien, una noche, mientras estaba en una de las tabernas similares a las que frecuentaba Sócrates, se me acercó un vendedor ambulante árabe, de los que llevan la tienda completa sobre los hombros. Me miró y me dijo: “Seguro que quieres esto, te va a hacer falta”. Y me ofreció, ante la mayor de mis sorpresas, este colgante que veis ahora. Y ahora, cada vez que veo a uno de esos vendedores le compro algo que quizás me ayude en la próxima novela. Y espero que la casualidad me sorprenda antes de que me arruine.

sábado, 14 de diciembre de 2013

"La Conjura de Atenas", YA A LA VENTA

Desde el pasado 11 de diciembre ya se puede adquirir, a un precio de 16 €,  la novela "La Conjura de Atenas", en las librerías de Puerto Real "Pérgamo" y "El Aprendiz", o directamente a la editorial a través del correo electrónico: UMSALOUA@gmail.com.
En breve se podrá adquirir también en el portal de libros electrónicos AMAZON y en otras librerías de Cádiz y Sevilla.

Imágenes de la Presentación

El pasado miércoles 11 de diciembre "La Conjura de Atenas" fue presentada ante un númeroso público que abarrotaba el salón de "El Chato del Muelle". Intervinieron en el acto Inma Calderón (editora), José Pizarro (historiador) y José Alcedo (autor), poniendo el broche de oro al acto la Alcaldesa de Puerto Real Maribel Peinado. A destacar la actuación del dúo formado por Mariela González y Cristian, así como el gran número de personas que se aseguraron de adquirir esa misma noche su ejemplar de "La Conjura de Atenas".
Las fotos son de Alejandro Gordillo.

 José Pizarro, Maribel Peinado y José Alcedo.

 Cristian, Mariela, José Pizarro, Maribel Peinado, José Alcedo e Inma Calderón

José Pizarro, Maribel Peinado, José Alcedo e Inma Calderón

Numeroso público acudió a "El Chato del Muelle"